¡Hola! Comparto con todos vosotros la reseña de una gran novela, de esas que tanto nos gustan, y que tuve la suerte de presentar el pasado jueves en el Teatro Principal de Zaragoza, de la escritora y amiga Pilar Aguarón Ezpeleta; un libro de sagas familiares, de secretos y silencios, de amor y desamor: “El hombre de camisa blanca y pies descalzos”, editado por la Fragua del Trovador. 

“La estirpe de los malditos”, texto que comenzó siendo un relato corto en el libro colectivo “Oleaje. Mujeres que escriben sobre hombres”, coordinado por la escritora y también amiga Margarita Barbáchano (Gobierno de Aragón, 2018), se ha convertido en una novela, “El hombre de camisa blanca y pies descalzos”. Quienes leímos este relato de Pilar Aguarón Ezpeleta nos resistíamos a abandonar a estos personajes. Queríamos saber más de Zacarías, Abel, Dorotea, Juanito, hasta del fraile Céspedes, porque ya nos dimos cuenta de que eran carne de novela.

Afortunadamente, nos hizo caso y hoy la presentamos. Es su cuarta novela. En ella narra la vida de la familia Arteaga en varias generaciones, una tribu que le sirve para hablar de los temas que más le preocupan y que también están presentes en sus otras obras: el paso del tiempo, la hipocresía, la doble moral, la injusticia, que siempre llevan a la soledad y el desamor. La historia se centra en la huida y el regreso, cincuenta años después del personaje principal, Zacarías Arteaga, a la casa natal, a una familia en la que ha habido poco amor y demasiados silencios y secretos, una saga de hombres y mujeres que luchan solos contra el mundo.

La autora ha creado unos personajes, víctimas de una sociedad en la que hay que “tapar y disimular”, “una familia de tristes” en la que el único personaje que da color a sus soledades es la pintura, elemento al que concede un papel muy importante. Es el personaje principal de esta novela, diría yo, y le otorga el poder redentor de todas las tristezas y miserias de esta familia, de esta tribu. “La creación es lo único que nos salva”, decía su admirado Gabriel García Márquez. El arte que lo redime y lo perdona todo, el que hace justicia, porque nos hace humanos.

Por ello, describe hasta la emoción esos cuadros, desde los pequeños óleos de preciosistas bodegones de hortensias y florecillas multicolores, a los grandes lienzos de flores ajadas y frutas marchitas. Son estas pinceladas las que reúnen a varias generaciones de esta familia en torno a unos cuadros que resumen buena parte de su historia… que expresan sentimientos (los que a los seres humanos parece que les están prohibidos). Esos óleos representan lo mejor de los Arteaga. El arte que salva a una familia, una saga de mujeres soberbias y opresoras; dominantes y crueles, “sin alma ni paciencia”; de hombres bondadosos pero pusilánimes y débiles. “Él se dedicada a cultivar hortensias, ella a marchitarlas”, escribe. A excepción del padre Céspedes, que utiliza a la Iglesia y a Dios para conseguir sus propósitos más mundanos.

Narrativamente, Pilar se mueve muy bien en la primera persona, que utiliza para expresar sentimientos y emociones a través de las voces de los tres personajes principales, que van contando la historia de esta familia, hombres y mujeres víctimas de unas convenciones sociales, de un catolicismo exacerbado y un omnipresente Franco que desde una foto de boda preside aquella casa durante décadas. Los tres personajes que van construyendo esta historia avanzan con sus palabras en la narración de la misma, y así nos sitúan en Australia y en Zaragoza en un presente que obliga a mirar al pasado, para aprender de él y perdonar.

Su lenguaje es sencillo y directo. No cabe duda que tiene su sello, su peculiar estilo, ese que define José Antonio Prades como “aguaroniano”, y afirma “que viste con certera pluma esas historias truculentas, de idas y vueltas físicas y emocionales, con un depurado lenguaje para que nada sobre y nada falte, golpeándonos de vez en cuando con sentencias que hacen vibrar las carnes”.

Pilar Aguarón Ezpeleta, escritora, pintora y promotora cultural, pinta emociones a través de miradas y paisajes, y también las escribe a través de la palabra, bien sea en novelas o relatos cortos. Tiene una mirada literaria y pictórica muy interesante. Me gustan sus personajes, seres solitarios y desarraigados, que lo han perdido todo menos la dignidad y que su objetivo es sobrevivir para poder comenzar de nuevo, porque su creadora considera que merecen una vida mejor.

Su hombre de camisa blanca y pies descalzos también merece un gran final, por ello regresa a la casa que abandonó siendo un muchacho para poder reescribir una historia diferente de su tribu, más amable, menos endogámica e incestuosa. ¿Lo conseguirá? Lo que sí logro es llenar el hall del Teatro Principal de amigos y lectores en una estupenda tarde, llena de literatura y cariño, con lecturas también de su obra a cargo de Loretta García y Luis Trébol.

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