Al otro lado de la valla estaba ella, un día sí, otro no. Llevaba más de un mes acercándole el pan a casa. Los primeros días, sonriente y a cara descubierta; después, cuando las cosas se pusieron más feas con el maldito virus, con una mascarilla de flores que solo le dejaba ver sus ojos, pero por la que sí traspasaba su risa.

Carmen era su amiga, su amiga panadera. En esos días de confinamiento, era su nexo de unión con el otro mundo, el que había al otro lado de la valla. No entraba al jardín, le pasaba el pan por encima de la celosía y se veían a través de los huecos que esta dibujaba.

“¿Estáis todos bien? Sí. Cuidaos mucho”, se decían la una a la otra, y se contaban alguna anécdota de la cuarentena, evitando hablar de tragedias y muertos.

A ella le había tocado estar encerrada, confinada. Su mundo se había parado de repente, sus sueños interrumpidos, pero ahí estaba su amiga para demostrarle que la vida continuaba al otro lado de la valla, ralentizada, maltrecha y herida, pero seguía.

La vida estaba librando fuera una gran batalla y Carmen le pareció una hermosa y fiel guerrera, armada con panes buenos.

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