Su provincia había entrado ya en la fase 3 de la desescalada del confinamiento. Caminaban hacia la “nueva normalidad” de la que tanto hablaba el Gobierno en las ruedas de prensa que se emitían en todas las cadenas televisivas y, sin embargo, aquella mañana se había propuesto realizar tres gestiones que la tenían paralizada, y no había podido resolver ninguna de ellas.

No le cogían el teléfono en un organismo oficial, ni en una empresa privada, ni en una asociación. Y llevaba así días. No había contactado ni con una voz que le dijera “Vuelva usted mañana”.

«Pero, ¿qué teletrabajo es este?», se preguntaba. Si no contestaban a esas llamadas ni a los correos electrónicos, no podía retomar su trabajo ni su vida, ni conseguir que corrigieran una factura mal emitida que había devuelto y que, con toda probabilidad, la había arrojado a la lista de morosos.

Se sentía totalmente impotente y con ganas de gritar. ¿Qué era eso de la nueva normalidad? Los teléfonos, y la gente que tenía que estar al otro lado del teléfono, debían seguir confinados. Lo de la desescalada no iba con ellos.

Consultaba cada 5 minutos su e-mail, para ver si había respuesta y podía realizar las gestiones sin las cuales no podía avanzar, y no paraban de llegar mensajes como: “Azul, fresco y moderno para cambiar tu armario, “-20% comprando 2 productos Eco Glamour”, “Escápate este verano. Vuelven los yellow prices”, “Te invitamos a nuestro Fashion Live Streaming Event”…

«Joder con la nueva normalidad. Me vuelvo a mis vacaciones forzosas», se dijo. Cerró el ordenador y se aisló del mundo de nuevo.  

 

 

 

 

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