¡Hola! Jueves,19 de marzo y séptimo día de confinamiento por la crisis del coronavirus. Ahí va el segundo cuento de la serie “Relatos para aliviar tiempos difíciles”. Espero que os guste. Besos y cuidaros mucho.

 

Yo posé para Goya
O la leyenda de la Maja Vestida y la Maja Desnuda

     

          —¿Quieres posar para mí?

          —¿Es a mí, maestro?

     —Sí, sí, a ti, chiquilla. Te pregunto si quieres que te inmortalice en un cuadro.

          —Dios santo. No sé, es que…

La voz de don Francisco de Goya resonaba en aquel templo grave y rotunda. Yo llevaba aún en la mano los paños con lo que había estado sacando brillo al suelo de San Antonio de la Florida, la iglesia de San Antonio el Grande, donde el genial pintor había vertido durante semanas, meses, lo mejor de su arte. Don Francisco era entonces para mí una persona excepcional, un genio inalcanzable, estaba tan alto como sus pinturas, y yo pensaba que había seres, como él, que habían nacido para hacer cosas bellas y grandes, obras que perdurasen en el tiempo; mientras otros, como yo, sólo podían aspirar a limpiar los desechos de esas creaciones. Recuerdo que entonces yo me sentía privilegiada, feliz en medio de mi pobreza por poder asistir al nacimiento de esa gran obra de arte, unas pinturas que no me cansaba de contemplar.

No oculto que su proposición me llenó de ilusión, de orgullo, pero por unos instantes, sólo pensé que se estaba riendo de mí, que no era posible que un maestro como él, que veía casi a diario a los Reyes y que era requerido constantemente por la nobleza, se fijase en mí, una insignificante muchacha, como fuente de inspiración para uno de sus cuadros. Había coincidido con el maestro durante los últimos días: él, en las alturas, como un Dios, y yo, arrastrándome por el suelo, como la fregona que era, y tengo que confesar que me había dado cuenta de que don Francisco no apartaba sus ojos de mi figura, que me observaba sin saber yo muy bien por qué, y que este hecho me tenía desconcertada. Pero de ahí a pensar que yo podía ser la musa de una de sus obras, me parecía mentira, casi un sueño. Me sentía sucia y fea. Mi vestido era tan pobre como mi vida y me pareció imposible que el maestro se hubiese fijado en mí para ello.

El debió notar mi titubeo, mi sorpresa, el rubor que había asaltado mi rostro y, en medio de mi estupor, volvió a decir:

          —Posa para mí. Es muy fácil, sólo tendrás que hacer lo que yo te diga, nada indecente ni indigno, desde luego. A cambio te pagaré cada día que te necesite más, mucho más, de lo que ganas en una jornada de limpieza.

Así comenzó todo. Don Francisco me pareció un hombre noble. Por ello accedí a que me llevara durante una semana a su estudio de la calle de Valverde. Y allí, en silencio, cuando ya se habían disipado todos mis temores, se esmeró en pintar mi cuerpo y en vestirme con sus pinceles, comenzó a dar vida a esa bella mujer tendida sobre un diván acolchado en la que yo ni siquiera me reconocía.

Han pasado muchos años de aquello, pero no quiero morir sin dejar este testimonio y poner fin a tantas leyendas y falsos rumores, de reivindicar al fin que fui yo, Ana Mendoza, entonces tan sólo una muchacha de dieciséis años, quien inspiró los cuadros más célebres del maestro. No,  no digo que sean los mejores, ni los más bellos, porque yo no me puedo comparar ni en elegancia ni en hermosura a la duquesa de Alba, ni en  armonía a la condesa de Chinchón, ni en fascinación a la marquesa de Villafranca, ni en ingenuidad a esa muchacha que todos conocen como “La  lechera de Burdeos”; pero sé que los cuadros que yo protagonicé serán los más populares, los más conocidos, los más emocionantes, y por qué no, también los más enigmáticos que hayan salido de la mano y del corazón del gran artista. Porque don Francisco, el genial maestro, un hombre puro y bueno, los pintó con amor.

Hoy, me veo en la necesidad de desvelar algunas de estas cuestiones, para que de ella tomen fe los historiadores y las conozca el pueblo. No, Goya nunca me pintó desnuda, pero al parecer me imaginó así; porque confieso que yo posé para él, pero lo hice con ropas, nunca me hubiese atrevido a mostrarle mi cuerpo desnudo, ésas formas que ya eran de mujer; unas ropas que he de decir que eran mucho más pobres que las que figuran en el cuadro, y que él se encargó de idealizar. Como meses después de haber pintado su maja vestida, hizo una réplica casi exacta del cuadro, pero con mi cuerpo desnudo, cuando yo ya no estaba a su lado.

No, yo nunca me desnudé delante de Goya, nunca. Pero, así como él supo captar mi alma en su primera obra, también imaginó mi cuerpo en la segunda. Y cuántas dueñas y señoras han querido tener estos retratos, hasta la mismísima duquesa de Alba soñó que Goya la había retratado a ella. Pues no, aunque idealizado, ése es mi rostro; aunque más estilizado y con mejores vestidos, ese es mi cuerpo.         

Aún recuerdo una por una las palabras que pronunció el maestro, cuando estaba terminando su obra.

      —Este cuadro —dijo mirándome con gratitud- lo contemplarán las generaciones venideras como un homenaje a la belleza.

Y luego, Don Francisco, el gran Goya, nunca quiso saber más de mí.

Recuerdo que yo, que ya me había enamorado de él, que le quise desde el primer día en que me llevó a su estudio y me trató como a una gran señora, le pregunté asustada:

          —Señor, ¿Ya ha terminado?

          —Sí. Esta gran obra ya ha cobrado vida -Me dijo.

          —Pero es que … ¿No va a demandar más de mí?

          —No. Te puedes marchar cuando lo desees -añadió.

Me pagó lo acordado y me dijo adiós. Yo esperaba alguna palabra más, algún ruego, alguna promesa, una leve mirada de amor.

          —Pero… ¿Es que no desea verme nunca más? —le interrogué.

          —No, ¿para qué? Ya tengo tu cuadro —afirmó.     

Entonces me sentí desilusionada y defraudada. Goya no sabía tan siquiera mi nombre, no se había preocupado en preguntármelo. Pero después, con el paso de los años, aprendí que Goya había captado toda mi esencia en estas obras. Que mi alma le pertenecía, que se había quedado atrapada en estos dos cuadros. Don Francisco me robó el corazón, o para ser sincera, se lo di sin rechistar, sin preguntar para qué lo quería. A cambio, el maestro lo inmortalizó en estas creaciones, y lo que para mí es más importante, Goya me llevó siempre en sus ojos. Realizó esos cuadros con amor, pero no hacia mí, sino hacia su pintura.

Relato publicado en el libro “Historia mágica de Zaragoza y su provincia”, editado por la Diputación de Zaragoza y El Periódico de Aragón.

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