Por primera vez, después de cincuenta días de confinamiento, se levantó contenta. Era sábado y el primer día en el que se podía salir una hora a hacer deporte o a pasear, y podría hacerlo con su marido. Además, había escuchado las noticias en la radio y en España seguía bajando el número de muertos y contagios. En su Comunidad era el primer día en el no había habido ninguna víctima por el maldito virus.

Preparó los guantes y las mascarillas como quien prepara el mejor de los vestidos para su primera cita. No hicieron falta. Estuvieron toda la hora al aire libre y apenas se encontraron con otras personas. Coincidieron con un par de matrimonios, pero se cambiaron de acera. Se saludaron, intercambiaron algunas palabras y buenos deseos pero ya desde la distancia.

Hacía un día estupendo, con mucho calor para ser primeros de mayo. La hierba estaba muy crecida y verde por las lluvias de abril, había muchas amapolas por las zonas comunes y las rosas se descolgaban por las vallas de los jardines.

Estuvieron una hora andando y haciéndole fotos a la vida. Cuando volvieron, ya un poco cansados, se encontraron a un repartidor en la puerta de casa con unas hermosísimas orquídeas rosas para ella, de parte de sus hijos. “Ah, claro, mañana es el Día de la Madre”, se dijo. Se le había olvidado, y sonrío. La normalidad quería volver para instalarse poco a poco entre ellos, despacio y con precaución, después de más de un mes y medio de sacrificio, miedo y rezos.

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