Y si no, siempre nos quedarán los sombreros.

En los primeros días del confinamiento había leído un chiste que le había hecho mucha gracia: “Al final de esta cuarentena se sabrá cuántas rubias son verdaderas”. Pero ahora, después de mes y medio encerrada en casa, pensar en tintes y en pelos ya no le daba ninguna risa. Tenía su cabello de todos los colores: blanco en las raíces, castaño oscuro en medios y mucho más claro en puntas.

Sonrió al pensar en esta nomenclatura. Se lo había oído decir a su peluquera: raíces, medios y puntas, cuando le hablaba de cómo se tenía que echar la mascarilla tras el champú.

Ahora, su cabeza parecía una bandera tricolor. ¿Cómo se podían llamar estas mechas? ¿Californianas, balayage… o más bien confinat?

Buscó por Internet un tinte que se asemejase a su color natural, un castaño oscuro. Había tantas marcas… Ahora tenía que adivinar cuál de ellas tendrían en la sección de perfumería del supermercado del barrio.

Hizo pantallazos en el móvil a varios tintes con la numeración del castaño oscuro y le pasó las fotos a su marido. Lo incluyó en la lista de la compra: “tinte para el pelo” y entre paréntesis “(ver las fotos que te he mandado)”.

—¿Esto también? —le preguntó su marido. Pase con los geles, los desodorantes, los bodymilk, los salvaslip… que me vuelven loco… pero esto no voy a saber encontrarlo.

—Tú, enséñale las fotos a la dependienta que veas, que te indicará…  Y si no, voy yo esta semana a comprar —le contestó.

—No, tú no, que te conozco. Te paras por todo y lo tocas todo, y hay que ir a comprar ligerito, estar allí el menor tiempo posible —apostilló el marido.

Llegó al supermercado con los guantes, la mascarilla y sus gafas empeñadas, y, después de cargar el carro con comida, se dirigió a la sección de perfumería.

—Entre que no veo bien y el calor, no encuentro los tintes por ningún lado —se agobió.

Pidió ayuda a una dependienta que estaba reponiendo mercancía en el pasillo de enfrente.

—Uy, los tintes —le contestó. Ahora son el producto estrella, el más demandado. No queda ni uno. Pásate mañana, que creo que llegará el pedido, aunque mejor, llama antes de venir por si acaso.

—Joder, joder… —se dijo—. Primero fue el papel del water, luego la harina y las levaduras para hornear, y ahora esto. Como llegue a casa sin tinte, mi mujer me mata… Bueno, quizá me salve, que aún le quedan quince días de confinamiento y algo encontraré para entonces, aunque sea un rubio canario. Uffff…

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