Jardín de rosas”, obra de Peder Severin Kroyer.

Los contó una y otra vez: cuarenta pasos y seis escaleras. Esa era la distancia en línea recta desde la puerta de entrada de casa a la valla que cerraba su jardín. Y no, no podía rodear para dar más vuelta y tardar más tiempo, porque la última vez que lo intentó sufrió un traspiés, al esquivar un seto, y por poco se hizo un esguince.

Ochenta ida y vuelta, “bueno vamos a poner cien pasos contando las escaleras que entrañan un poco más de esfuerzo, hasta la puerta de casa”, se dijo, lo que suponía hacer este recorrido cien veces si quería llegar los 10.000 pasos de media que andaba en sus salidas matutinas antes de que se colara en sus vidas el maldito virus que tanta muerte y desgracia había traído a este mundo.

Por el camino, sus rosales que ya comenzaban a dar capullos y que ella podó, como pudo, hace mes y medio, porque ya ni jardinero encontró días antes del confinamiento. Las rosas amarillas eran las primeras en salir, aunque no eran muy grandes y a veces salían un poco arrugadillas, como encogidas. “Se parecen a mí, será la edad”, sonrió.

Las rojas, un poco más adelante. Esas sí que olían bien, lástima que de ese rosal salían muy pocos capullos.

Y sus lilas. Estaban en todo su esplendor. Cada semana cortaba varios racimos para ponerlos en un jarrón con agua que dejaba en el hall de la entrada. Pena que se habían terminado las aspirinas y se marchitaban antes. “Cuando vaya a la farmacia, tengo que comprar una caja”, anotó en su memoria.

Al llegar a la valla, en una ida más, pensó que de este verano no pasaba el barnizar el portón de madera. En cuanto pudieran venir su hijo y su nieto, ya tenían faena.

De nuevo, a la vuelta, alzó su mirada hacia la pérgola. “La tela aún aguantará un par de años más hasta que la tenga que cambiar”, observó. Debajo, las sillas y la mesa de resina que mantenía siempre limpias, preparadas desde la primavera para cuando su familia pudiera subir a pasar el día con ella.

Y así entre idas y vueltas, ella hacía sus planes, porque sabía que la vida se había interrumpido dos meses, tal vez tres, pero que había que resistir, mantener las piernas y la mente ágiles. “Las aguas volverán a su cauce y todo, o casi todo, pasará”, se decía cada día. “El que resiste, gana”. Tenía aún tantas cosas que celebrar.

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