Me parece genial esta fotografía de José Ramón Vega González, que ha sabido captar la mirada del poeta.

Viernes, 7 de marzo de 2014

Ha muerto Leopoldo María Panero, el poeta maldito, el poeta loco… el último poeta. “Un poeta profundamente original y radical, que practicó la poesía del exceso, pero también, como su generación de los Novísimos,  consideró a la poesía como un arma para cambiar el mundo”. Lo entrevisté en  en dos ocasiones; una en 1987 para el periódico El Día, con motivo del estreno de “Más margen, malditos”, un espectáculo de El Silbo Vulnerado basado en sus poemas; y la segunda para Diario 16 Aragón en 1996, en la presentación del excelente libro del profesor Túa Blesa: “Leopoldo María Panero, el último poeta” (El Club Diógenes, Valdemar).

Panero3 copiaAmbos encuentros me impresionaron profundamente. La primera entrevista fue desastrosa. Luchaba por mantenerse sobrio y apenas quería hablar de poesía, tan solo del psiquiátrico de Mondragón en el que estaba internado, “de los otros locos” que se empeñaban en perseguirlo, del encierro que le obligaba a vivir mañana y tarde consigo mismo, del refugio de la poesía, y del infinito placer de dormirse por las noches para que cesara la vida; de los psiquiatras “que se crecen en los manicomios y fuera de ellos no son nada”. “Quieren volverme loco de verdad.  Ojalá todo fuera una ilusión”, aseguraba.

En el segundo encuentro, cuando lo vi presidiendo la larga y enorme mesa de la sala de juntas de la Facultad de Filosofía y Letras, con las manos entrelazadas sobre su cabeza, me pareció el más cuerdo de todos los presentes. Leopoldo María Panero, ajeno a la rueda de prensa, ajeno a la vida, canturreaba una y otra vez: “Hasta que buenamente el señor, un día se apiade de mí, poniendo punto final a mi existencia”.

Con el pelo blanco, muy corto, y grandes ojeras, el hombre al que había entrevistado por primera vez hacía diez años ya no me parecía un desecho humano. El sentimiento de rechazo que albergaba mi memoria cuando una década atrás vomitó en mitad de la entrevista porque su cuerpo ya no admitía más alcohol, dejó paso a la ternura. Era un hombre resignado. “No, no pude estar tan loco quien ama la verdad y escribe esos versos”, pensé, y saqué mi libreta con dos hojas llenas de preguntas para desentrañar al hombre que luchaba con la literatura contra su propia locura. Destrucción, locura, muerte, familia, nada. La literatura, la creación… ¿es lo único que nos salva?

“Tengo la desgracia de ser inmortal –gritó con su voz del otro lado-. Escribo y eso me hace ser inmortal”.

Panero1 copiaPoeta señero, provocador, sincero…  No pude hacerle más preguntas. No quería hablar de literatura, ni de poesía, a pesar de haber entregado a ella su vida y su razón. Se sentía como un niño condenado a ser bueno, a representar su papel de poeta loco a cambio de un día de libertad y quizá de un paquete de Marlboro, liberado por unas horas de su internado. No quería hablar de sus versos. Quería hablar de la locura, la suya no, la de los otros, “la de los que  han estado a punto de volverme loco de verdad”.

La de los López que pululan por el mundo, que no saben nada de filosofía ni de ciencia; la de esa enfermera de Mondragón que se cree una hormiga y que se encierra en el cuarto de baño para contar sus patas; la de los comentaristas de fútbol, la de la calle, la de aquellos que lo creyeron loco cuando defendía que la poesía era su arma para cambiar el mundo. Pero comprendió que la realidad no se puede cambiar, y ese escritor maldito y loco intentó adelantar en sus versos el fin del mundo. “La fantasía del fin del mundo –como escribió Túa Blesa-, porque quizá el poema, desde su apocalipsis, podría destruir todo aquello que no le gustaba.”

Caro tributo al verso de quien para ser poeta tuvo que renunciar a su humanidad. Es como si el hombre se hubiese resignada a no ser nada como persona, tan solo carne de psiquiátrico, a cambio del don de la palabra escrita. Quizá tuvo que vender su alma al diablo, le entregó su razón para poder escribir versos, voces del otro lado, y construir poemas en los que desnuda al hombre para situarlo frente a su nada. “Porque quiero hacer poemas que quemen”, confesaba.

Echaba de menos su libertad física, ese poder hacer lo que a uno le pidiera el cuerpo, mientras confesaba que su sueño era el de formar una comuna con otros jóvenes psiquiatrizados para hacer tan solo lo que le diera la gana. “Una comuna –sentenció- en la que alguien se arriesgue a mirarnos aun sabiendo que va a perder los ojos”.

“No –dijo en voz baja-, sacudiendo la cabeza, como si estuviera solo. No me interesa ser eso en lo que me ha convertido España. Yo era un poeta señero, pero me metieron en un psiquiátrico sin estar loco y ahora soy un espectro. Si supiera que es para toda la vida, me pegaría un tiro”. Lo fue para toda la vida pero no para la eternidad.

Leopoldo María Panero se ha liberado ya de su cuerpo, de su locura. “Escribir me hace inmortal”, gritaba. Ojalá ahora haya encontrado la paz que tanto anhelaba, el infinito placer de dormirse para que cese la vida, y ya no se vea al poeta loco ni maldito, tan solo al poeta. No pudo en vida cambiar con su poesía el mundo, pero quizá la poesía sí le salvó del mundo horroroso en el que le tocó vivir; si no salvó su cuerpo, sí al menos su alma. 

Poemas de Leopoldo María Panero (pinchar aquí)

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