Miércoles, 9 de octubre de 2013

Hace días que quería escribir este artículo, y me he decidido a hacerlo hoy porque me siento especialmente sensible y triste. En poco tiempo, dos parejas muy queridas se han separado. Una de ellas, amigos desde hace muchos años, llevaban juntos más de tres décadas. Ayer fuimos al teatro y me acordé mucho de ellos, de las veces que los cuatro habíamos disfrutado juntos de ese escenario, de las comidas familiares, de nuestras largas conversaciones, de las barbacoas en el jardín… en fin, de muchos momentos.

Se han separado y la vida ya no es la misma para todos. Algo muy íntimo y hermoso se ha roto. Y, en ese divorcio de patrimonio y bienes, se han repartido también los amigos y los afectos. Y ya no es lo mismo, nada es lo mismo. Nosotros también estamos pasando un duelo por la pérdida de esa amistad conjunta, al menos yo. Es como si hubiera tenido que elegir entre uno de los dos, decidiendo, al final, ser leal al miembro de la pareja con quien tengo un vínculo más estrecho, una mayor afinidad.

Pero no dejo de preguntarme: adónde irá tanto amor, el suyo y el nuestro, el que se tuvieron y el que les dimos cuando estaban juntos. Adónde tantos momentos y horas compartidas. Soy egoísta, lo sé, y me duele más mi pérdida porque añoro esa amistad y los echo de menos.

Y me vienen a la mente los versos del poeta, ése que me acompaña siempre:

Los suspiros son aire y van al aire.
Las lágrimas son agua y van al mar.
Dime, mujer, cuando el amor se olvida,
¿sabes tú adónde va?

Gustavo Adolfo Bécquer

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