Viernes, 22 de noviembre de 2013

Ayer conocí al escritor Roberto Espina. Tiene 87 años y vive en una montaña en Argentina, en Río Ceballos (Córdoba), que compró después de haberlo visto todo, o casi todo. Conocí a un hombre viejo que vive en un cerro, dedicado a recordar y a escribir, y que le pide perdón a la madre tierra por lo que le hemos hecho.

Tenía muchas ganas de conocer al célebre dramaturgo y actor argentino, maestro de varias generaciones de titiriteros. Estos días se encuentra en Zaragoza para recibir un homenaje del Teatro Arbolé, la compañía para la que ha sido un referente, y para presentar sus “Obras incompletas”. La escritura como elemento de cambio político. El teatro como rebelión cívica.

Espina3 buenaRoberto Espina es un hombre peculiar, grande y tierno; locuaz y discutidor, pero sabe escuchar. Su físico recuerda a Hemingway y su perenne gorra al Che Guevara, del que fue gran amigo. Tiene una vida de novela: varias veces condenado a muerte por las dictaduras latinoamericanas de la segunda mitad del siglo XX, y dedicado a viajar por el mundo como “teatrante”.

Su extensa obra como dramaturgo goza de una gran vigencia, porque este titiritero ha trascendido este oficio para dotarlo de una dimensión literaria. Pero él no quiere leer su obra en público –atrapada en un volumen de Obras Incompletas-, quiere hablar, “porque la palabra tiene origen en la oralidad, porque dicha la palabra es dichosa, y se opaca cuando el libro la enjaula”. Escribir sí, a veces, pero mejor versos, “porque los poetas hacen que la jaula de las palabras sea más bella”. “Ahora –confiesa- estoy en una etapa en la que escribo lo que siento, sobre lo que me está pasando a mí”. Y cuenta un relato o una parábola en la que nos anima a mirar la vida a través del “agujero” de un poeta.

Cita a Salvador Allende,”un hombre que respetó la palabra”, y se emociona. Junto a él pasó los mejores años de du vida. Amigo del Che Guevara, tras su paso por Bolivia, se implicó en el Gobierno de la Unidad Popular de Allende en Chile, una época llena de alegrías que truncó un golpe de Estado con un final terrible. Volvió a Argentina, pero su vida también corría peligro. Se exilió en Panamá, y de allí fue a México y luego a África. Estuvo tres años en Mozambique, alternando su quehacer de hombre de teatro con tareas de bienestar social, porque lo que más había en Mozambique era hambre. Fue un sueño hermoso, interrumpido de nuevo por la invasión y la locura de la guerra. Vivencias que alimentaron su obra.

Espina 3 buena

Ayer conocí a un gran dramaturgo, director, actor (titiritero y mimo), “teatrante” en suma; y, por encima de todo, poeta: poesía pura, la que destila en sus obras y en su vida. La que ahora se ha decidido a poner por escrito para constuirle verso a verso la más bella de las jaulas. En esta etapa de su vida se suceden los homenajes al maestro titiritero, que le hacen salir de su retiro y le dan un poco de miedo. Pero se siente un hombre rico, porque la riqueza no está en el dinero, quizá sí en la memoria y en la palabra. Y lo dice un hombre que ha empeñado su vida en salvar a otros hombres, en decirles que no es bueno acumular tantas propiedades porque el ser humano enferma. ¿Conocen ustedes a algún sabio que tenga patrimonio? 

Ayer conocí a Roberto Espina, un hombre viejo, feliz en su montaña.

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